Edição 508 | 09 Agosto 2017

Una mirada sobre América Latina para comprender el populismo y la política de la región

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João Vitor Santos

Gerardo Aboy Carlés analiza los límites y los avances de la teoría desarrollada por Laclau para reflexionar sobre las corrientes ideológicas que marcaron y marcan la trayectoria de la democracia de los países latinos.

Gerardo Aboy Carlés es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la República Argentina – CONICET y profesor del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín. Entre sus publicaciones, destacamos el libro Las dos fronteras de la democracia argentina. La reformulación de las identidades políticas de Alfonsín a Menem (Barcelona: Homo Sapiens Ediciones, 2001).

IHU On-Line - ¿Cómo comprender movimientos políticos como el peronismo a partir de la idea de populismo en Ernesto Laclau?

Gerardo Aboy Carlés - Creo que una de las ventajas de la teoría de las identidades políticas de Laclau es su gran capacidad descriptiva. Los antagonismos sociales que en su perspectiva separan las demandas sociales populares no resueltas de las demandas democráticas canalizadas por el sistema institucional dan lugar a la formación de cadenas equivalenciales definidas por su común oposición a algún tipo de poder establecido que tiene la capacidad de resolverlas. Cierto es que Laclau nunca explica cabalmente ese salto de la demanda no atendida a un antagonismo social, pero con todo, sus dos lógicas formalizadas en 1985 junto a Mouffe, la equivalencial (la común oposición a otro) y la diferencial (la propia relación con aquél con el que se comparte ese común oponerse a otro) tienen gran capacidad para describir la conformación de solidaridades sociales de cierta permanencia. Ese es el mérito indudable de su formalización del concepto de hegemonía gramsciano, focalizado en el pasaje de las “relaciones de fuerza” de los Cuadernos de la Cárcel. Al pensar el límite, de lo social, de las identidades, Laclau ha aportado herramientas de particular importancia no solo para la teoría política sino para la sociología, los estudios culturales, la antropología, etc.

La lectura que el propio Laclau hace del peronismo en sus trabajos de 1977 y 2005 tiene méritos indudables y también algunas deficiencias. Laclau es muy útil para comprender el surgimiento del fenómeno: una serie de demandas inatendidas que hacían a las condiciones laborales y el nivel de vida de los trabajadores, pero también el descreimiento ante instituciones que no eran el fruto genuino del sufragio, sumado todo ello a reivindicaciones de corte nacionalista críticas de las políticas implementadas en los años 30, van a confluir generando una frontera al interior de la propia comunidad presentándose como un conjunto sintético antagónico frente a determinados factores de poder político y económico que imperaron en los años previos. Laclau describe muy bien a esa plebs que sentía no ser nada y busca erigirse en representante del conjunto de la comunidad.

Ahora bien, si Laclau describe acertadamente el surgimiento del peronismo a mediados de los años 40, creemos que pese a tener en su teoría los elementos conceptuales para comprender el funcionamiento del peronismo en el poder entre 1946 y 1955 su lectura allí tiende a tener un menor rendimiento. Expliquémonos: el peronismo se sostiene durante diez años precisamente por su mecanismo populista, esto es, una constante inestabilidad del demos legítimo que le permitía desplazar antagonismos: por momentos la nación era solo el peronismo emergente, pero por momentos la solidaridad nacional cubría al conjunto de la comunidad y la nación se identificaba con el populus. Creo, a diferencia de Laclau, que este mecanismo pendular de excluir e incluir al adversario del campo político legítimo es la marca distintiva de los populismos latinoamericanos; esa constante gestión entre la ruptura y la conciliación social que permite la introducción de grandes innovaciones. En mi opinión, Laclau está muy influido por el imaginario revolucionario de los años 60 y 70. Su concepción de la política como idéntica al populismo constituye un reflejo del imaginario jacobino que lee al populismo a partir del triunfo de la plebs emergente y concibe al nuevo orden como el imperio de ésta. Hay por momento en Laclau, y pese a su idea de los significantes flotantes, una concepción muy rígida, cuasi leninista de las identidades políticas: estas aparecen como ejércitos enfrentados cuando me parece que para el caso de los populismos resulta mucho más útil concebirlas como manchas superpuestas. De igual forma, la contraposición entre populismo e instituciones que Ernesto realizó en su obra parece la reproducción invertida de la incapacidad del institucionalismo más cerrado para analizar las experiencias populistas. La diferencia es que uno otorga bendiciones donde el otro produjo excomuniones. Ambas miradas soslayan la amplia construcción de instituciones que realizaron las experiencias populistas en la región y el análisis de las características específicas de esas instituciones. En definitiva, me parece que el aporte de Ernesto ha sido fundamental para leer los orígenes del movimiento, pero que falla a la hora de analizar su paso por el poder: así debe imputar a la progresiva institucionalización, en sus palabras, al paso de la figura del “descamisado” a la de la “comunidad organizada”, el eclipse del populismo peronista. La tensión entre la ruptura y la conciliación social es por el contrario, constitutiva de estos fenómenos. Creo que Laclau, es muy útil, pero no debemos olvidar su combinación con otros aportes insoslayables como los de Germani, Weffort o Touraine.

IHU On-Line - ¿Qué otros movimientos populistas Ud. identifica en América Latina y como analiza sus trayectorias?

Gerardo Aboy Carlés - Me gusta concentrarme en los llamados populismos clásicos latinoamericanos: el yrigoyenismo y el peronismo argentinos, el cardenismo mexicano y el varguismo brasileño. Creo que aunque criticaba fuertemente estas experiencias, Gino Germani vio con claridad que el populismo suponía la existencia de grandes transformaciones de la sociedad que no podían ser resueltas por el sistema institucional vigente. No desconozco que muchas de estas experiencias terminaron en un colapso autoritario y censurable: el peronismo a partir de 1953 o las mismas elecciones de 1940 en México. Con todo, entiendo que esa mecánica de partir a la comunidad para volver a unirla en un estado diferente al anterior ha sido muy funcional a un proceso de democratización social y política en la región, a la extensión de nuevos derechos que fueron impulsados en algunos casos (en este aspecto específico el varguismo merece una consideración aparte) a lo largo de todo el territorio, terminando de forjar a los estados.

En cuanto a las experiencias más recientes, no creo que el Brasil del PT ni la Argentina de los Kirchner hayan constituido experiencias populistas, aunque sí posean algunos rasgos de aquellas. La verdadera revolución democrática vivida por la región en los años 80 nos ha hecho saludablemente más liberal-democráticos que nuestros ancestros. Hoy no existen esos márgenes para la inestabilidad del demos que caracterizaron al siglo pasado en muchos países. Con todo, la tensa relación entre el populismo y la democracia liberal debe ser analizada en cada caso en particular, esto es: una tensión que puede volverse incompatibilidad de acuerdo a circunstancias particulares o no hacerlo.

Creo que sí constituyen experiencias populistas el proceso encabezado por Evo Morales en Bolivia y durante muchos años, el chavismo. El hundimiento autoritario de la Venezuela de hoy es mucho más una muestra del agotamiento del populismo que de su vigencia.

Tampoco me conforma la caracterización del reciente gobierno de Rafael Correa como populista. Ello por otras razones: se trató de un movimiento reformista de fuerte contenido tecnocrático y débil organización de sus seguidores. Porque este ha sido un rasgo central de los populismos en la región: lejos del reiterado error de los teóricos del llamado “neopopulismo”, los populismos latinoamericanos se caracterizaron por una amplia y fuerte organización de sus seguidores cuyo caso paradigmático es el cardenismo. No hay mayor distancia con el modelo revolucionario a la francesa caracterizado por el combate de los grupos intermedios que el que populismo latinoamericano.

IHU On-Line - En términos de identidad política, ¿en qué se distinguen los países de América Latina de otros lugares del mundo, más específicamente de Europa cuyo modelo democrático es la base de los países latinos? ¿Cuáles son los puntos en común?

Gerardo Aboy Carlés - Creo que una diferencia fundamental ha sido precisamente nuestra forma de democratización social y política. Es necesario distinguir a la democratización como proceso social y político de la democracia como régimen. Sabemos que una democratización, entendida como proceso de homogeneización puede tener características autoritarias o no, pero hoy coincidimos en que la democratización es condición de la democracia como régimen. Europa no es una entidad homogénea: tenemos allí el modelo gradualista británico estudiado por Marshall, en que los ciclos de ciudadanización abarcaron tres siglos y que acabó eliminando el voto plural en la segunda posguerra, y, por el contrario, la tradición revolucionaria francesa con sus auges y ocasos, que conoció el sufragio universal en vísperas del Segundo Imperio. Nuestra democratización ha sido más tenue, rápida y a los saltos, y en ella los populismos han tenido su contribución. Tampoco es una realidad homogénea: la tragedia de los derechos civiles en México es un ejemplo palmario: una sociedad que en sus sectores progresistas descarta la idea de Derechos Humanos por su asociación con discursos de orden que se hunde en la tragedia de 100.000 muertos y desaparecidos. Mucho menos hay homogeneidad en lo que hace a los derechos políticos: Argentina instaura el voto universal masculino obligatorio en 1912 mientras que Brasil universalizaría el sufragio hacia fines del siglo pasado. Creo que nuestra tradición populista ha tenido un fuerte contenido democratizador, pero al mismo tiempo afectó aspectos centrales que hacen tanto a la tradición republicana como a la liberal. Hay ganancias y pérdidas allí. Creo que en la región hemos forjado una fuerte y saludable idea de los derechos colectivos y que a veces se han descuidado los derechos individuales, aunque hoy el giro político en la región nos esté empezando a demostrar que el problema parece invertirse preocupantemente. Creo también que la región es más joven y con mayor capacidad de innovación que una Europa muy fuertemente sedimentada en sus tradiciones y rutinas institucionales, menos preparada para procesar la novedad: una crisis, por ejemplo como la Argentina de 2001, que supuso la práctica disolución del poder político sin que una alternativa autoritaria emergiera en el horizonte.

Tenemos en común que nosotros también hemos querido construir democracias liberales. Nuestro intento es parcialmente exitoso y parcialmente no. Nuestra realidad es una hibridación entre la democracia liberal y la herencia de nuestra tradición populista; algo mucho más específico que las “democracias delegativas” de O’ Donnell. Pese a las dificultades que atraviesa hoy Europa, su democratización ha sido mucho más profunda que la nuestra y también su democracia es más saludable. Nuevas fuerzas políticas, nuevas coaliciones han podido responder a las crisis que atraviesan los partidos, mientras que aquí asistimos a la debilidad de hacer política desde los tribunales de Justicia.


IHU On-Line - El Papa Francisco es considerado un líder internacional muy popular, no solo por cuestiones religiosas, sino también por sus posiciones geopolíticas. ¿En qué medida podemos identificar elementos del populismo, según Laclau, en los posicionamientos de Francisco?

Gerardo Aboy Carlés - Bergoglio es un peronista muy tradicional, aunque no creo que eso pueda definirlo como Papa. En ese sentido hay una comunión entre la doctrina social de la Iglesia y parte del imaginario peronista. Digo “peronista tradicional” para distinguirlo de la izquierda peronista de los años 70, en la que el cristianismo radicalizado, como sucedió en buena parte de América Latina, cumplió un papel fundamental. Laclau tuvo una formación mucho más laica, pero por muchos motivos, mantuvo en algunos aspectos el lastre de cierta afinidad con las categorías con las que la izquierda peronista veía al mundo, suavizados claro está por su larga experiencia británica y su compromiso democrático. Creo que coincidirían en muy pocas cosas, pero una de ellas son sus adversarios. Hay un punto en que el conservadurismo popular y la izquierda nacionalista coinciden y eso no es demasiado productivo para la democracia liberal.

IHU On-Line - Por otro lado, ¿hasta qué punto podemos asociar el trumpismo con un movimiento populista?

Gerardo Aboy Carlés - En los términos de Laclau sin duda las características de su emergencia son populistas: Trump le habla a individuos desplazados y descreídos del sistema político que se sienten perdedores y desplazados y les promete volver a ocupar el centro de la escena. Desde mi perspectiva, coincido con esa lectura de emergencia de un “populismo reaccionario” al estilo del qualunquismo. Sin embargo no tengo tan clara la caracterización del Trump gobernante: sus marchas y contramarchas parecen mucho más el resultado de las restricciones institucionales impuestas por el sistema que una voluntad de dividir y conciliar alternativamente. No veo tampoco los procesos de negociación molecular de la frontera que caracterizan la relación entre el populismo y sus adversarios. Trump parece más un payaso enjaulado que arremete a patadas con las rejas que un gobernante populista.


IHU On-Line - ¿Qué idea de democracia podemos constituir a partir del concepto de populismo de Laclau? ¿Cómo comprender el nexo entre democracia y populismo a partir de la experiencia argentina?

Gerardo Aboy Carlés - Aquí no es fácil dar una respuesta. Hay un Laclau que en 1985 escribe con Chantal Mouffe Hegemonía y estrategia socialista. El Laclau pluralista que piensa en una proliferación de las luchas democráticas sin un centro. Que rompe con Gramsci no solo en lo que hace a la idea de “organicidad” que compaginaba los movimientos de la política con los de la estructura económica, sino que abominaba del imaginario jacobino de un solo centro o escena (tal vez el Estado Nación) de constitución de la política. Progresivamente Laclau fue cambiando y en muchos sentidos, el libro de 2005, La razón populista, es la negación de aquellos postulados iniciales, con una idea más vertical de la política y la reintroducción del imaginario jacobino en todo su esplendor. En ambos, los antagonismos sociales ocupan un lugar destacado y esta es la gran línea de continuidad en su concepción de la democracia. Con todo, creo que la profundización de la democracia, su radicalización en un sentido democratizador, tiene hoy mucho más que aprender del primer Laclau que del segundo. Toda su concepción de la hegemonía está marcada por la desagregación del antiguo bloque antiperonista que vivió como militante en los años 60.

IHU On-Line - ¿Cuál es la importancia del individuo y del todo, del líder y del pueblo en el concepto de populismo de Laclau? ¿Y cómo se contrapone a la idea de hegemonía?

Gerardo Aboy Carlés - Bueno, precisamente, creo que el lugar del líder es un punto central en el que el pensamiento de Laclau se ha transformado a lo largo de esos veinte años que median entre un libro y otro y del que van dando progresiva cuenta sus trabajos intermedios: Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo, The Making of Political Identities, Emancipación y diferencia, Misticismo, retórica y política y su participación a iniciativa de Richard Rorty en Contingencia, hegemonía, universalidad.

Si el primer Laclau tenía una visión más horizontal de la política, de múltiples luchas democráticas que podían confluir en un movimiento democrático radical eliminando relaciones de subordinación, progresivamente Ernesto va concibiendo que es necesario que exista un desnivel que garantice esa confluencia, que amalgame a ese conjunto de luchas dispersas. Surge así la idea del significante vacío: un particular que progresivamente se vacía de su contenido para alcanzar una representación más amplia, la de la cadena equivalencial. Su ejemplo clásico es el del sindicato Solidaridad en Polonia, que de representar las demandas de los trabajadores de los astilleros de Gdansk pasa poco a poco a representar al conjunto de demandas de la sociedad polaca contra la opresiva dictadura de Jaruzelski. Progresivamente Ernesto fue desplazando la identificación del significante vacío con un nombre (Solidaridad) a su identificación con una singularidad, con un nombre propio y finalmente asociando a éste con el nombre del líder. El gran functor como ha escrito en una hermosa crítica su gran amigo, Emilio de Ípola. En el camino, Laclau ha acabado por adscribir a una concepción mucho más vertical y autoritaria de la política que la que hacía suya dos décadas atrás. Paradójicamente, en la definición de populismo de La razón populista el líder está ausente, pero su presencia cubre toda la obra: para Laclau es el investimiento afectivo en el líder el que hace posible la equivalencia hegemónica.

Discrepo con esta visión de Laclau. Nadie niega el papel de los individuos en la política pero el lugar del liderazgo está fuertemente sobreestimado en su teoría, al punto de llevarlo a postular la reelección indefinida de los líderes latinoamericanos en diversas intervenciones públicas. Más aún, creo que para que el mecanismo populista descripto más arriba funcione, ni siquiera es necesaria la figura del líder unipersonal. Julián Melo ha demostrado como el radicalismo intransigente de la provincia de Buenos Aires, en los años 40 del siglo pasado, se convirtió en una fuerza populista sin contar con un liderazgo personalista.

IHU On-Line - Actualmente, y esencialmente en el contexto de la política del Brasil de hoy, se vive lo que algunos estudiosos llaman crisis de representatividad democrática. ¿Qué alternativas presenta el populismo laclauniano a esta perspectiva de crisis?
Gerardo Aboy Carlés - Las crisis de representación son un dato en la emergencia de todo populismo pero no de toda crisis de representación se sigue la emergencia de un fenómeno populista. Tampoco creo que ello sea deseable. Sin lugar a dudas, el sistema político brasileño ha sido minado por la conjunción coyuntural de oportunismos de toda laya y su recuperación demandará de trabajosas operaciones equivalenciales en una sociedad fuertemente fragmentada. La responsabilidad de la dirigencia ha sido en este sentido mayor y aún no sabemos si los actuales actores partidarios podrán recuperar ese entramado o si una renovación más sustantiva es la que podrá llevarlo a cabo.

IHU On-Line - Hoy, también se vive la idea de rechazo de la política y ascensión de líderes que asumen el poder con la idea que son grandes gestores y no agentes políticos. ¿Cuáles son los riesgos de esta perspectiva y como el pensamiento de Laclau enfrenta esta formulación?

Gerardo Aboy Carlés - Creo que Ernesto veía este peligro en el amplio desarrollo de una lógica diferencial que identificaba con el institucionalismo viendo allí el colapso del populismo y de la política misma. Está claro que hay sectores de la gestión que requieren de competencias especializadas pero las decisiones siempre son políticas y deben estar sometidas al debate público, es decir, a la conformación abierta de una voluntad política. Sin ello, no hay democracia.
Descreo profundamente de los juglares que nos hablan de un “retorno de la política”. La política siempre estuvo allí. Lo que ocurre es que todos los actores tratan de des-politizar y naturalizar sus conquistas. Lo hace la derecha con su defensa a ultranza de la propiedad privada inviolable y lo hacemos quienes desde la izquierda defendemos Bolsa Família. Los pisos de convivencia también requieren que algunos elementos básicos queden fuera de la disputa, pero muchos otros podrán ser la sede de nuevos antagonismos. También naturalizamos durante años las diferencias laborales de género o la garantía muy diferente con que los distintos sectores sociales accedían a los derechos civiles. Si ciertos niveles de democratización son una condición de la democracia, debemos comprender que la democracia hoy también es un vehículo de democratización y es la práctica social y política micro y macro, y el permanente debate entre ese incierto límite entre lo social como política sedimentada y la politización de lo naturalizado, el que le da vida.

IHU On-Line - ¿Desea agregar algo?

Gerardo Aboy Carlés - Cuando pasen los años y queden atrás los enfrentamientos de la coyuntura presente, la obra de Ernesto Laclau será reconocida en su verdadera magnitud. Laclau escribió un único gran libro a través de todos sus libros: el de la relación entre particularidad y universalidad como constitutivas de la política. Lo hizo en varios lenguajes diferentes: la teoría de los antagonismos, el post estructuralismo derridiano, la retórica o el legado lacaniano. En un principio, su formalización de la teoría de la hegemonía supuso la comunión de dos teorías antagónicas: la diacrítica estructuralista (que concibe a toda identidad como relacional) y el agonismo existencial de Schmitt (tácito en Laclau, expreso en Mouffe), lo que sin duda produce desajustes en la teoría (que una identidad se defina por su relación con otra no implica que exista una relación antagónica entre ambas). Su interés inicial por los populismos, del que da cuenta de su texto “Hacia una teoría del populismo” de 1977, dejó paso a una preocupación por la ontología política cuya máxima expresión es La razón populista. Este es un libro sobre cómo Laclau entendió la política, no sobre los populismos (confundidos sin más con las identidades populares, cuando aquéllos constituyen tan solo una forma, entre otras posibles, de estas últimas). Con todo, y en esta entrevista no he escatimado críticas, creo que su impronta está destinada a alcanzar un lugar de privilegio en el porvenir.

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